domingo, 27 de mayo de 2018

Charla con Dios

Y me senté tranquilo, hablando con Dios, ¿Qué podía pedirle o preguntarle yo a un ser infinito?

¿Cómo se escucha a un color que se deshace y hace, que se pierde en una sonoridad o aparece en el estremecimiento?

Pensé por largo tiempo en un silencio incómodo, ´¿qué lo hace ser lo que es? ¿Cómo encarnas una palabra y emulas un idioma que no inicia?

Me quedé mudo y en silencio cuando en la luz y en la oscuridad solo estaba yo. Aquí, sin añadidura, otro pensamiento, en el vacío total se queda mi existencia.

No hay arquetipo supremo, no hay el máximo de la esencia y existencia. ¿Qué juego de la evaluación conlleva ese razocinio ininteligible? ¿Qué teoría mecanicista se abre para decirme a mí que hay un algo más allá, un ente transhumano que sea mi reflejo perfeccionado?

¿Estoy acaso hablando con Dios cuando hoy he entablado mi más sincera plegaria al elevarlo por encima de los conceptos filosóficos como una metaconstrucción primitiva y elaborada de la imaginación dinámica del ser humano?

domingo, 20 de agosto de 2017

sábado, 12 de agosto de 2017

Madrugadas

 ¿Cuántas veces sincronizó la gotera con sus parpadeos? ¿Cuántas el tic-tac del reloj con sus latidos? ¿Cuántas calló su respiración para volverse imperceptible? Perdió el número mientras mataba a los impulsos de su cuerpo para que no se moviera. Estaba ahí, contando los minutos para ver la luz del sol. Ahí, en ese cuarto oscuro, prisionero de la incertidumbre. Tenía ganas de cerrar los ojos y soñar, soñar, perderse en cualquier sueño, aunque fuera una pesadilla y despertara bañado en lágrimas. ¿Y qué? que al cabo ya lloraba todas las noches. ¿Qué importaba? Si ya mojaba la cama todos los días con ese sudor nervioso que le atormentaba una hora después de haberse adormido.

Una hora, sólo una hora para despertar y mirar de nuevo el techo, la luz de los electrodomésticos,  la cortina del cuarto sin puerta, el cristo al que rezaba, y, por su puesto, sus pies bajo las sábanas. Qué pesadez aquella que le provocaban los dedos, esos, lejos de sus manos, esos que hormigueaban... qué ansias de salir a caminar por la casa, de sentarse un rato frente al televisor y no importaba no encenderlo si podía imaginar que estaría viéndolo. ¿Pero qué se hace cuando se es el extraño? El extraño, no invitado, no requerido, solamente el que llegó así, al que le hacen el favor de estar ahí...

Otra vez a llorar, sus murmullos se escuchan angustiados, ¿A quién le grita en silencio? Ya no mira el cristo, ni la puerta, ni las sombras, tiene los ojos cerrados. tiene las manos sobre el pecho, los pies contraídos y su respiración forzadamente controlada. Es un monstruo el que le susurra al oído, no lo ve, no lo escucha, pero su peso lo aplasta, como si tuviera el techo por cobija...

Él no quiere esa cama, esas cobijas, ese techo, esas sombras, ese silencio. No quiere contar goteras, ni repasar las lecturas del colegio en su mente, ni esperar a los primeros rayos del sol. Quiere irse, quiere estar seguro. Quiere ponerse el uniforme, salir de ahí caminando con la mochila en su espalda, llegar a la escuela y tener nuevas lecturas, nuevos cuentos e historias que no tenga que repasar en la noche... quiere salir del colegio y ver a alguien que lo espere, quiere irse a casa, donde quiera que eso sea.