lunes, 16 de mayo de 2016

Peces Beta

Tengo unos meses trabajando en un preescolar. Fue rara la manera en que llegué ahí. Los veía como pequeñas bestias capaces de devorarme. Aprendimos a convivir unos con los otros durante la media hora al día que nos vemos. Más de cien caras y voces extrañas en una jornada laboral completa. Los que aún no se acostumbran a nosotros son los peces y las tortugas. Los he analizado. Son pequeños peces Beta en un tanque de no más de un litro. Unos son más tristes que otros. 

Me gusta verlos, cómo las educadoras los van olvidando hasta antes de mandarlos a la casa de algún niño emocionado y un papá desdichado. Pienso que muchos de ellos no son más que el reemplazo, la copia exacta de alguno que se fue por el desagüe cuando lavaban la pecera. Tal vez esa suerte tuvo la tortuga... la que desapareció. Hay otra, es la misma, la de siempre. Con su caparazón seco, las piedras malolientes. Reviso los trabajos de los niños y regalo un vaso de agua a los solitarios animales acuáticos.

No los entiendo, pensé que el pez beta del aula tres había muerto, el agua apenas lo cubría, no había movimiento y lancé sobre su cuerpo el chorro de agua pura, comenzó a nadar. Pude descubrir que los peces también tienen jaulas. Sus aletas se entumen en el fondo del tanque, se hunden, se asfixian con sus propios desechos. Los peces también tienen alas y pueden volar, no sé si tan alto como los sueños humanos o bajos como las aves rapaces.

Los veo morir todos los días, así como yo, cuando suena la alarma, cuando me visto rápido, cuando desayuno algo porque sé que no lo haré en ese preescolar donde no se han enterado que la Revolución trajo jornadas de trabajo más justas. Ahí donde las maestras se devoran unas a otras y el jefe busca contar sus penas y culpar de sus problemas a medio mundo mientras a escondidas manda mensajes al personal nuevo buscando a la primera que acepte algo con él. 

Al fin de cuentas es un lugar triste, donde los peces no pueden volar, ni los que tenemos alas de Beta, o espiritu inquebrantable de tortuga. Todos se vuelven animales carroñeros, incapaces de subsistir por su cuenta, incapaces de volar, se arrastran por los suelos agrietándose la piel hasta dejar los desechos entre los pequeños pupitres... ahí donde los niños tratan de vivir, de pensar, de jugar, de aprender, de amar, de volar... ellos notan que las alas se rompen. Tienen el corazón tierno, por eso sobreviven. Pero en las últimas semanas han olvidado a los peces, juegan con pequeñas pistolas de papel, pelean, golpean y poco a poco han dejado de mirarse...

Hice un pacto con los animales, debemos aguantar un par de meses más, solo sesenta días. Debemos sobrevivir, tal vez pueda robar a la tortuga, tal vez deje de tener el caparazón reseco... no podré salvar a los peces, tendrán que volar. Ese lugar se derrumba sobre la cabeza de todos. Perdí a los niños, perdí a los peces y perdí las alas...

domingo, 24 de abril de 2016

Sunset

¿Por qué  nos encontramos ahora cuando nuestros brazos abiertos se ausentan con el sol? Nos encontramos para olvidarnos como quien olvida el primer pensamiento de la mañana. Como quien pasa por  las calles sin mirar los detalles...
Nos llenamos de recuerdos para olvidar lo que fue, lo que pasó en una vida con angustias. Dicen que siempre se olvida con el paso del tiempo. Pero el tiempo sólo trae polvo para enterrar los viejos anhelos, para lacerar las vidas que se cortan, las que nacen.
Estamos para no estar. Tus ojos me miraron porque no me verán nunca más. Mis manos te tocaron para no volver a hacerlo. Esa es la nostalgia. Ese es el amor profundo. El que se va, que nunca regresa, que se ahoga en desolación.
Nos miramos para que una noche veamos otros ojos y recordemos los nuestros. Para que con las sonrisas ajenas apretaramos los instantes felices y nos forzaramos a desenterrar el pasado.
El pasado muere junto con nosotros que sólo arrastramos memorias...
Ojalá cada atardecer fuera el mismo con sus manchas multicolores por el cielo, con las flamas que consumen el día para dejar a los astros que nos miren con esa luz que ha viajado por los cielos y que en algún punto se extinguirá. Pero yo me pregunto ¿Te llegará mi luz? Porque me enciendo cada noche enunciando tu nombre, desgasto mi aliento con las flamas que te nombran y tú no respondes. No veo tu luz ni cuando me paro entre las sombras, no puedo oír tu nombre en ninguno de los ecos del silencio.
¿Será mi destino encontrar otros ojos que me miren sonrientes cuando me alejo? Qué es la soledad sino la recapitulación de las ilusiones muertas. Todo muere y se va, se entierra, se pasa bajo nuestros pies hasta llegar al cielo donde las nubes lloran y nos inundan los días, recordándonos que también partiremos hacia la incertidumbre del olvido.

domingo, 17 de abril de 2016

Cometas

¿Qué se llevarán los años de nosotros? Si al pasar el viento, cubren; si al pasar el agua develan y al pasar la juventud, marchitan.

¿Qué cambian los años en la humanidad? ¿Qué es para un ser que no los mira y se envuelve entre la paz y el silencio?

¿Qué es esta vida sin la flor que sale de la tierra? ¿Qué ha sido de ti? Nada. El amor, el ciego, el simple, el autoengaño.

Barcos entre nubes que al pasar la mañana se alimentan en senderos resecos de una cruz que se encaja, que se devela y se arranca. Ancla de los mortales, prisión de los amantes.

¿Dónde estás? Si cuando el Sol abre la mañana no aparecen tus ojos. Sólo están los rezos preocupados de una madre desolada. ¿Dónde estás? Si al cruzar cada sendero tus huellas se borraron, si tu voz se ha vuelto un eco en las memorias del pasado. ¿Dónde estás? Si a cada paso llega el olor de tu cuerpo y el color de tus ojos. ¿Dónde te escondes? ¿En qué lugar postraste tu cobardía?

¿Pensabas en tu madre mientras le arrancabas la ropa? Seguramente. ¿Quién deshojó tu cuerpo? No fue su culpa y lo pagó como si lo hubiera sido. ¿Sigue tu madre rezando por ti? Los murmullos rezan por ti cada día cuando se elevan los cometas, suave frío y sin fe. Sólo estático, sólo de pie, sosteniendo la plegaria al viento. ¿Moriste? Ojalá. Ojalá sólo seas una coraza, un reflejo de lo que fuiste.

¿Sigues llorando a tu amada? Seguramente la recuerdas acostada sobre la cama, mientras reían, mientras hablaban de los hijos que no tuvieron, las horas que no pasaron caminando, hablando o intimando. Lloraron por la estupidez de los ciclos, de la vida y de la humanidad. Lloraron por la noche en que sus manos se tomaron y por la mañana en que se soltaron.

Se elevaron como cometas, tan lentos sobre el viento. Volaron mientras las manos se comían las ansias de tocarse, volaron con los cantos de las amantes, la que ganaba y la que perdía.
Mientras los años vuelan, la vida renace