domingo, 18 de septiembre de 2016

Fantasmas

Yo quisiera pasar los años y no que los años me atravesaran en su incesante desliz por el mundo. Que las copas no me hicieran recordar tus palabras arrastrándose por los tímpanos. ¿Cómo dejarte si al escuchar tu nombre los labios se parten para no gritar desahuciados? ¿Cómo hacer para que el rojo del atardecer acabe con los recuerdos? Somos fantasmas, de esos que se saben vivos, pero que entre penumbras se desvanecen. Somos lo que fuimos y lo que seríamos en una realidad que no conozco. Una muerte reencontrada con abismos y soledad...

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domingo, 21 de agosto de 2016

Miedo

Purgatorio, Gustave Doré

Cuando oscurece tengo miedo de las sombras. Me da miedo ser lo único vivo aquí. Hay una terrible sensación de perder mi alma entre monstruos que se acercan. No puedo cerrar los ojos porque puedo ver sus afilados dientes mordiendo mi carne.
La escopeta no sirve cuando no se sabe quién es el enemigo.  Puedo perderme en este mundo sin que se sepa que ha sucedido, sin un alma que lea las cartas de auxilio, las cartas que están en cada parte de mi piel, de mi cuarto, en cada máquina, en las cuentas… Es un mundo lleno de luces que no iluminan, de gente que momificada se siente viva. ¿Quién se mira?

¿Se puede dormir cuando los sonidos se callan? Son mis oídos sordos en un lugar donde se arrastran los rezos de mis padres. No puedo verlos entre tantas sombras, no hay umbral alguno que pueda avisar que se vive. ¡Qué largas son las noches cuando no se tiene a quién rezar! No hay un Dios que aplaste a los hombres con sus palabras. Son los hombres quienes destrozan el habla, quienes lo reducen como bestias salvajes. No se puede vivir ya en estas noches de hambruna, en la soledad pura sin saber si hoy pereces o sigues viviendo. 

¿Qué juego sería este sin una fecha de caducidad? Todos se quieren divertir jugando, cuando no hay ganador seguro. Cuando los vientos pueden girar repentinamente y derribar los muros donde hemos depositado nuestra existencia. Sigo preguntándome qué hago aquí, como si no se lo hubieran preguntado desde el paso del hombre por el mundo, como si nadie se detuviera a sentir lo absurdo de la realidad. He cuestionado a las sombras pero no responden. Nadie habita mi piel esta noche, nadie sucumbe de dolor ante los dedos rígidos que poco pueden escribir, ante la sangre que llueve en las tormentas. ¿Quién se muere en un lugar donde todos lo están?

Los gritos parecen ahogarse, no puedo callar mi respiración, es un sonido que interrumpe, que taladra todo movimiento sigiloso de las sombras. No puedo callar los latidos de mi corazón, ni la sonoridad de la lluvia. ¿Qué pasa con este cielo que no me deja  descansar? No sé a quién veré cuando la puerta se abra y el silencio termine. No sé si he de vivir con una cruz sobre la frente o descansar con ella en el pecho. ¿A quién se le ocurre que la vida se deba cuidar con zozobra?
¿En qué purgatorio deposito mi alma? No hay cura para los afligidos que se han quedado atrapados entre mil y un abismos. ¿De quién me defiendo cuándo se abra la puerta?

Alejandra Herrera

lunes, 16 de mayo de 2016

Peces Beta

Tengo unos meses trabajando en un preescolar. Fue rara la manera en que llegué ahí. Los veía como pequeñas bestias capaces de devorarme. Aprendimos a convivir unos con los otros durante la media hora al día que nos vemos. Más de cien caras y voces extrañas en una jornada laboral completa. Los que aún no se acostumbran a nosotros son los peces y las tortugas. Los he analizado. Son pequeños peces Beta en un tanque de no más de un litro. Unos son más tristes que otros. 

Me gusta verlos, cómo las educadoras los van olvidando hasta antes de mandarlos a la casa de algún niño emocionado y un papá desdichado. Pienso que muchos de ellos no son más que el reemplazo, la copia exacta de alguno que se fue por el desagüe cuando lavaban la pecera. Tal vez esa suerte tuvo la tortuga... la que desapareció. Hay otra, es la misma, la de siempre. Con su caparazón seco, las piedras malolientes. Reviso los trabajos de los niños y regalo un vaso de agua a los solitarios animales acuáticos.

No los entiendo, pensé que el pez beta del aula tres había muerto, el agua apenas lo cubría, no había movimiento y lancé sobre su cuerpo el chorro de agua pura, comenzó a nadar. Pude descubrir que los peces también tienen jaulas. Sus aletas se entumen en el fondo del tanque, se hunden, se asfixian con sus propios desechos. Los peces también tienen alas y pueden volar, no sé si tan alto como los sueños humanos o bajos como las aves rapaces.

Los veo morir todos los días, así como yo, cuando suena la alarma, cuando me visto rápido, cuando desayuno algo porque sé que no lo haré en ese preescolar donde no se han enterado que la Revolución trajo jornadas de trabajo más justas. Ahí donde las maestras se devoran unas a otras y el jefe busca contar sus penas y culpar de sus problemas a medio mundo mientras a escondidas manda mensajes al personal nuevo buscando a la primera que acepte algo con él. 

Al fin de cuentas es un lugar triste, donde los peces no pueden volar, ni los que tenemos alas de Beta, o espiritu inquebrantable de tortuga. Todos se vuelven animales carroñeros, incapaces de subsistir por su cuenta, incapaces de volar, se arrastran por los suelos agrietándose la piel hasta dejar los desechos entre los pequeños pupitres... ahí donde los niños tratan de vivir, de pensar, de jugar, de aprender, de amar, de volar... ellos notan que las alas se rompen. Tienen el corazón tierno, por eso sobreviven. Pero en las últimas semanas han olvidado a los peces, juegan con pequeñas pistolas de papel, pelean, golpean y poco a poco han dejado de mirarse...

Hice un pacto con los animales, debemos aguantar un par de meses más, solo sesenta días. Debemos sobrevivir, tal vez pueda robar a la tortuga, tal vez deje de tener el caparazón reseco... no podré salvar a los peces, tendrán que volar. Ese lugar se derrumba sobre la cabeza de todos. Perdí a los niños, perdí a los peces y perdí las alas...